Tercera película de Paul Thomas Anderson, un realizador que a día de hoy se ha convertido en una figura clave del gran cine americano, por su inteligentes y atrevidas propuestas cinematográficas. En este caso, nos encontramos ante una auténtica declaración de amor al cine por una persona que ha nacido para ello.
La película surge fruto de un falso documental de 32 minutos realizado por Anderson años antes sobre el ascenso y caída de un actor porno durante la década de los setenta y ochenta. Y la película es exactamente eso, reforzado por una actuación más que digna de un Mark Walhberg realmente inspirado, en el que posiblemente sea el mejor papel de su irregular carrera. Pero lejos de ofrecer el típico producto de ascensión y caída con moralina final, Anderson se introduce en los ambientes sórdidos del porno para mostrar las consecuencias de los excesos y como afectan a los personajes de la historia. Todos y cada uno sufren las consecuencias de una época muy turbia en todos los aspectos, destacando en todos ellos la ambición, la explosión de las drogas y el sexo salvaje y reconocimiento del cine porno como un arte o medio de ganarse la vida.
Violencia, sexo, drogas, amor, traición, redención, búsqueda del destino de cada uno de nosotros, son los temas que maneja Anderson en sus 150 minutos de película que no se hacen largos en ningún momento. Además de que la película no podría empezar mejor, con un plano secuencia de dos minutos y medio que es para quitarse el sombrero por su planificación y cuidado. El resto del film fluye por si solo gracias a una hábil dirección, a un guión muy rico con una gran cantidad de secundarios y a una importante labor actoral; una vez más Julian Moore se zampa la pantalla a bocados.
Anderson compone una gran película que guarda una enorme similitud con esa gran época dorada que vivió Hollywood desde finales de los sesenta hasta finales de los setenta, principios de los ochenta. El llamado nuevo Hollywood, donde los directores americanos eran influenciados por los europeos (Fellinini, Antonioni, Renoir, Godard, Truffaut y muchos otros) cobrando especial importancia el director y teniendo lugar una gran explosión creativa, llena de riesgo y que dio como resultado excelentes películas. Directores como Coppola, Lucas, Spielberg, Scorsese, Friedkin, Altman, Bogdanovich... formaron parte de esta época y Anderson les homenajea a su manera en su film. Guarda pues muchas similitudes, la historia de su protagonista, con las consecuencias que propiciaron el ascenso y caída de estos directores; algunos de los cuales no han levantado cabeza desde entonces. Gran libertad, una ambición desmedida y un gran orgullo, respaldo de la crítica, el auge de la cocaína y demás drogas, las fiestas, propiciaron un camino de autodestrucción que condujo a la ruina una gran época cinematográfica. Hay quiénes dicen que Hollywood no ha sido el mismo desde entonces, pero creo que es excesivo.
En resumidas cuentas, Anderson cuenta una gran historia, muy entretenida y compone una gran película en todos los aspectos, mientras se permite el lujo de hacer un homenaje al medio al que se ha encomendado de por vida.
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